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Emprender Internet

Cuarta revolución industrial: la digitalización

Los coletazos de las viejas estructuras serán intensos, desesperados y peligrosos. ¿Cómo resumir en pocas palabras los retos y peligros de estas primeras décadas del siglo XXI?

2000-2010, el boom de internet = 1789, la revolución francesa.
2010-2020, la transformación digital = 1948, la declaración universal de los Derechos Humanos. Las viejas estructuras se resistirán a la transformación que supone la digitalización en nuestra vida diaria y nos tocará defender nuevos derechos universales relacionados con el acceso a internet, la privacidad y la propiedad intelectual.

  • Primera Revolución Industrial (finales siglo XVIII): industria textil, ferrocarril…
  • Segunda Revolución Industrial (finales siglo XIX): la industria química a través del petróleo, la industria automovilística y los primeros usos de la electricidad permitieron la modernización de las ciudades (calles asfaltadas e iluminadas, tiendas, colegios…)
  • Tercera Revolución Industrial (siglo XX): principalmente la electricidad, la ciencia y la mecanificación del trabajo impulsó la expansión del capitalismo y la informática.
  • Cuarta Revolución Industrial (siglo XXI): internet y la digitalización de la sociedad, la economía, la educación y la política. Tendrá un impacto equiparable a lo que supuso la electricidad en el siglo XX.

2000-2010

El inicio de milenio marca el fin de la Edad Contemporánea. Se han producido dos hechos que serán equivalentes a lo que supuso el inicio de la Edad Contemporánea con la Revolución francesa: la implantación de la globalización económica y la popularización de internet naciendo una nueva etapa en la historia que podemos llamar como la Edad Digital.

Ha sido la década de la disrupción. Newsweek la define como la década de la destrucción.

En solo 10 años los modelos de negocio clásicos del periodismo, la telefonía, la música, la energía, la cultura, la televisión o el cine, que funcionaban en un oligopolio de facto, han entrado en una crisis estructural en la que confunden conceptos tan básicos como valor y precio abocándoles a la quiebra.

Hasta el capitalismo, por otras cuestiones, ha estado al borde del colapso.

Parafraseando a Arrabal, el milenarismo ha llegado a los negocios que se basaban en la intermediación y distribución.

Este fin de ciclo está siendo posible gracias a empresas, especialmente en la web, cuya única solución para ganar era crear productos disruptivos como han hecho Google, Apple, Skype, Amazon…

Cuando te relacionen en la misma frase innovación y riesgo, huye. Es ponerse la venda antes de la herida. Es el cuento de la cigarra y la hormiga.

Pero la cigarra tiene un amigo: la lagartija. Los coletazos de las viejas estructuras serán intensos, desesperados. Peligrosos.

2010-2020

Después de la revolución francesa vino el reino del terror. Se entregó el poder a un Directorio de cinco personas que desembocó en revueltas internas y diez años después en un golpe de Estado de Napoleón.

El lanzamiento de productos disruptivos y el desplome de modelos de negocio con moho será incesante. La innovación está matando a la especulación. Desgraciadamente, al igual que pasó en Francia hace 220 años, la clase política no está preparada para afrontar el futuro. Está sometida a presiones que serán efectivas en gran parte.

Principios como la neutralidad en la red, una revisión a fondo de los derechos de propiedad intelectual, el respeto máximo a la privacidad y medidas transversales para una mejor monetización en la web estarán en juego en los próximos años.

Tenemos la responsabilidad de luchar por una Declaración de Derechos Digitales o al menos que no se salten los promulgados en 1948, como el de:

Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

El 23 de octubre de 2001, cinco semanas después del 11-S, Steve Jobs presentó el iPod con su narrativa habitual. Un clásico ejemplo de producto disruptivo cuya idea y proceso de fabricación recopiló Wired. Con su integración en iTunes contribuye notablemente al principio del fin del actual modelo de negocio de la industria discográfica:

El futuro sí es lo que era.

Actualización 1 de diciembre: Un día después de publicar este post, el Gobierno incluye «a escondidas» en el anteproyecto de la Ley de Economía Sostenible la potestad de que un juez una comisión administrativa del Ministerio de Cultura pueda cerrar una web que contenga enlaces para la salvaguarda de los derechos de propiedad intelectual. Esta medida implica una inseguridad jurídica alarmante para las empresas de la industria web. Enrique Dans dibuja el panorama de forma contundente y certera. Estamos, como muy acertadamente ha definido Antonio Delgado, ante la la Ley Corcuera 2.0.

Por cierto, datos de la industria de la música en Reino Unido confirman que un mundo con descargar reporta más dinero a los artistas musicales.

Actualización 2 de diciembre: Súmate al Manifiesto ‘En defensa de los derechos fundamentales en internet’