Hace unas horas pregunté en Twitter a qué porcentaje de la población le gusta trabajar. ¿Serías capaz de completarte sin colaborar con nadie? ¿Sin comercio nos iríamos alejando de una sociedad justa? ¿El aprendizaje es indispensable para llegar a la plenitud? ¿Es la virtud un cuento, igual que la meritocracia? ¿La narrativa del trabajo como castigo y el wokismo identitario son dos manifestaciones de individualismo no reconocido, de ahí incluso la violencia contra el trabajo más elevado, como lo es el arte?

Simone Weil trabajó en fábricas para comprender la experiencia obrera. Para ella, el trabajo moderno estaba marcado por el malheur (la desgracia). Descubrió que las cadenas de montaje y la subordinación absoluta convierten a la persona en una cosa. Chaplin también nos lo mostró y yo lo viví esos dos años fabricando pastillas de freno para poder emprender. Esa deshumanización, paradójicamente, permitió crear la clase media. Weil luego reconoció que el trabajo, bajo ciertas condiciones, es uno de los caminos verdaderamente profundos hacia el sentido.

Cuando conseguí lo material, confirmé que era una vanity metric. Seguir aprendiendo es el éxito. Sólo tienes que impresionar a tu yo de diez años y al de ochenta. ¿Qué vas a hacer?