Los primeros años del nuevo milenio los recuerdo más por un programa de televisión que por el 11S. Cuando lancé Ideasapiens, nadie de mi entorno me apoyaba; ni siquiera existía un ecosistema startup en Barcelona. Tampoco me importaba. Había iniciado mi particular Operación Triunfo. Nina fue mi Paul Graham.

Todo estaba por hacer. Me invadió una fiebre que ningún termómetro reconoce. Fueron años de jornadas que se desbordaban unas sobre otras, como si el tiempo hubiera perdido su forma. Era una energía creadora, aún muy artesanal, en la que aprendimos a hacer casi de todo: HTML, CSS, SEO… Esa generación de emprendedores sentimos, por primera vez, que desde nuestra habitación podíamos cambiar el mundo.

Google fue el espejo en el que reflejarse. Fue a internet lo que Ford a la automoción: el gran democratizador. Permitió que cualquiera pudiera ganarse muy bien la vida creando una web...

Aquella tarde Larry y Sergey reunieron a su equipo de confianza. No podían repetir los vicios de las grandes empresas. Paul Buchheit deslizó tímidamente un recordatorio moral que se convirtió en el emblema del código de conducta de la compañía y en la frase del prospecto de la salida a bolsa: Don’t be evil.