El comercio es civilización. También las artes. Me lo has leído en otras columnas: hacer empresas que importen es el arte definitivo.

Tras la II Guerra Mundial, nos enfocamos en generar abundancia, articulando el aparentar, el pertenecer, el aspirar a ser algo. La publicidad vivió décadas doradas. La utilidad era fundamental. Hoy ese capitalismo ha pasado de servir a explotar. Se está olvidando a Adam Smith.

La finalidad del comercio era satisfacer necesidades, no esclavizarte a tus debilidades. Si defiendes que la responsabilidad principal de una compañía es maximizar beneficios, sigues confundiendo progreso con prosperidad. Volvamos a que el interés propio no signifique egoísmo. Hace unos días, Amodei, Altman y Musk abogaban por frenar la carrera de la IA. ¿Lo hacían para asegurarse un oligopolio que prohíba los modelos abiertos? Friedman está ganando. Si tenemos que ser la excepción, habrá que serlo. Esto no va de revoluciones. Va de los principios morales con que las haces.

El aceleracionismo es la fascinación vacía por la novedad. Confunden velocidad con valor. Es el enemigo del matterialismo. Ahora toca que el gran miedo de nuestro tiempo sea tecnológico. No: siempre son culturales. Son maneras de ser, estar, hacer e importar en el mundo.