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Se va el abuelo. Testamento vital

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Hospital El Tomillar (Dos Hermanas, Sevilla). Un rincón apartado donde muchos de los enfermos de la provincia pasan sus últimos días. Hace una semna mi mundo no son más que unos metros cuadradados de una habitación con cuatro camas hospitalarias (paradójicamente de última generación) y la cafetería del hospital.

Mar adentro de Amenábar me ronda cada minuto por la cabeza. Le trasladan del Valme al Tomillar.

Desde que ingresó hace una semana por un infarto cerebral múltiple ha sufrido dos más. Ha perdido la fuerza en las extremidades. No se puede mantener de pie. Ha perdido el habla (afasia). Solo le entendemos cuando se enfada y grita un “Me cago en Dios” o recuerda algunos de sus hermanos ya muertos. Su sempiterno buen humor se ha ido.

A pesar de la demencia senil, que viene de largo, los momentos de lucidez predominan. Sabe de los tres infartos. Es consciente que no le entendemos y que su estado es casi terminal tras contagiarse de un virus que como dicen los médicos sin inmutarse: “están a la orden del día en cualquier habitación de hospital del mundo”.

Tardó unas horas en reconocerme, pero el domingo a media tarde se le iluminó los ojos. Apretó la mano derecha que estaba acariciándole desde hacía horas. Levantó la izquierda. Quería que me agachara. Me abrazó. Comenzó a farfullar algo incomprensible. Me reconoció y me emocioné igual que ahora.

Hoy cuando me he despedido de él ya no habría la boca para tragar los purés.
Acabo de llegar a El Prat. 5 días sin una pantalla delante y ahora que tengo una enfrente todo lo que hago me resulta prosaico. No sé qué hago escribiendo. Bueno sí, quiero dejar un testimonio al que acudir cuando pasen los años.

Suena el teléfono y es un sobresalto continuo. Son mis padres para decirme que le han puesto la sonda por la nariz. Ya no traga.

Mi abuela no quiere dejar el hospital. No se perdonaría que cuando ocurra el desenlace no esté al lado de su marido.
Él la busca, la abraza cuando está lúcido. Nos miramos los que estamos en la habitación. Y nos volvemos a emocionar.

Se llama Luis Antúnez Gómez. Vive en Sargento Vasallo, número ocho. Hemos vivido en esa casa toda la década de los ochenta. Cada verano estamos con ellos. La relación ha sido y es para siempre especial.

No diré que es el mejor marido, padre, abuelo del mundo. Solo nos importa a nosotros. La familia es quien le quiere y le echará de menos. A vosotros os importa un pepino. Alguien leerá esto vía Google o RSS. Otros sólo leerán las primeras frases y la mayoría olvidarán la anotación a los dos minutos.

¿Ley de vida? ¿Y qué?

Si llegado el momento estoy postrado en una cama sin poderme mover con los sentidos terminalmente alteradas tenga o no respiración asistida: quiero morir lo más pulcra y rápidamente posible. Insto a ello a mi familia, mujer e hijos y les libero de cualquier responsabilidad penal.

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